Algunos perros ladran, tiran de la correa, se alejan o se bloquean al encontrarse con otros perros, personas, bicicletas o ruidos. A estas respuestas se las suele llamar reactividad. La palabra describe lo que vemos, pero no explica por sí sola por qué sucede.
Antes de pedirle que responda a una señal, observa en qué situaciones aparece la reacción. ¿A qué distancia estaba el estímulo? ¿Podía moverse para alejarse? ¿Cómo estaba el perro antes del encuentro? El miedo y la frustración pueden intervenir, pero también hay que considerar el contexto y posibles molestias físicas.
Como primer paso, elige recorridos donde puedas ver con tiempo lo que se acerca y disponer de espacio para apartarte. Aumenta la distancia antes de que el perro se desborde. Si ya está ladrando o intentando huir, prioriza salir de esa situación con seguridad; ese no es el momento de exigir un ejercicio de obediencia.
Cuando pueda observar el entorno y atenderte, se pueden practicar habilidades útiles, como acompañarte al cambiar de dirección o responder a una señal sencilla. Empieza en condiciones fáciles y aumenta la dificultad gradualmente. Evita acercarlo a un estímulo solo para comprobar si «ya se ha acostumbrado».
Cada caso requiere una valoración propia. Si las reacciones son intensas, hay riesgo de mordida o han aparecido de repente, consulta con profesionales y valora una revisión veterinaria. El objetivo inicial es que los paseos sean más seguros y manejables, y desde ahí construir un plan de aprendizaje.

